El corazón a la intemperie
(o La bella y la bestia
versión de El Péndulo del Itinerante: www.pendulo.es)
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Oso era así llamado por las poblaciones del lugar. Era un ser deforme. Su altura sobrepasaba en medio cuerpo a la del resto de habitantes de la comarca. Era corpulento y su espalda recordaba más bien a la postura de un toro. Tenía garras. Sus manos acababan en garras. Tenía un rizo lacio en los cabellos. Tenía cana la barba y el pelo, y el resto del cuerpo lo tenía cubierto por un manto pelaje animal que hizo pensar siempre a todos que era un diablo. Vivía en una casucha en las montañas y sobrevivía de la caza, fundamentalmente. Oso era un hombre solitario.Nadie sabía de dónde había salido ni cómo había llegado. Durante un tiempo, en su niñez fue cuidado y amamantado en un clan de gitanos pastores que se instaló durante unos años por la comarca. Cuando Oso tenía siete años, los gitanos tuvieron que irse. No se llevaron a Oso. Oso lloró. Pero Oso cazaba. Oso sobrevivía. Nadie quería a Oso. Y Oso, tremendo como era, en su juventud, trepaba a los montes y a los árboles, miraba a lontananza, a la luna o a la puesta de sol y aullaba. Aullaba largo y melancólico.
Justamente en esos años sería cuando Oso fue atacado en la noche por una manada de lobos hambrientos. Enrasado brutal con el instinto animal de sus enemigos, Oso luchó a muerte contra ellos. Eliminó a uno. Pero otro clavó hondo una de sus garras en el costado izquierdo de Oso. En su corazón. Le dejó una herida de por vida. Los lobos no volvieron a acercársele. Sabían que si volvían a pelear contra él sería a vida o muerte, definitivamente. De alguna manera aceptaron que él fuera el dueño del lugar.
Por su parte, Oso estuvo varios meses enfermo, aislado en su cabaña. Del cuidado tan nefasto que se dio a aquel zarpazo le quedó una secuela. La cicatriz se cerró de una manera muy extraña. Si posabas tu dedo en ella, atravesando la maraña velluda del cuerpo de Oso, a poco que apretaras podías tocar prácticamente, víscera contra víscera, el propio corazón de Oso, allí mismo, allí caliente, allí latiendo. La bestia que tenía el corazón a la intemperie. Un corazón frágil de niño huérfano. Un corazón gitano de nómada de las montañas. Un hombre solitario animal capaz de enfrentarse a las fieras. Un niño incomprendido.
Oso era ya un salvaje antiguo en el lugar cuando conoció a Teodora. Teodora era una niña adolescente que vivía en el pueblo. Todos la conocían por su candidez y su hermosura. Teodora significa en griego aquella que es un regalo de Dios. Teodora andaba buscando a su gato Júpiter, que se había alejado demasiado. Se tropezó frente a frente con Oso y se quedó helada. De una pieza. Había oído hablar de él pero no lo había visto en persona. Oso vestía como un leñador, pero sus ropas estaban viejas y tenía un problema de talla, de manera que todo lo que llevaba debía ser holgado. Oso se acercó a Teodora y la besó. Después prosiguió su marcha. Teodora encontró a su gato.
En la siguiente ocasión, fue la niña quien salió a buscar a Oso. Lo encontró tejiendo con mimbres una cuna para Elisa, un magnífico ejemplar de pastor alemán que acompañaba siempre a Oso desde que cuatro años antes le curara la patita izquierda de un tropezón desafortunado. Al ver a Oso sentado a los pies de un árbol, cayéndole sobre el pelo los rayos del sol, tranquilo y callado, solitario, tejiendo la cuna para la llegada inminente de los cachorros de Elisa; Teodora, joven y grácil, vibrante como una fibra nueva de arpa, fue directa a abrazar a Oso, para devolverle el beso. Se abrazó fuerte a él. Y ya entonces oyó en su interior un ruido extraño, al estar tan cerca, el inmenso corazón de Oso, el corazón a la intemperie, sonaba como un trueno lento y rítmico. Ése fue el primer abrazo que Oso recibió en toda su vida. Oso derramó una lágrima gruesa y densa que cayó sobre la niña. Respiró hondo y dijo: "ayúdame a recoger más mimbre". La niña no dudó en obedecerle y en ello pasaron la tarde.
Así es como de una manera sencilla, cotidiana y sin darle importancia, Oso y Teodora se hicieron grandes amigos. Dos seres puros e inocentes. Teodora acompañaba a Oso cuando iba a por leña o a recoger moras. Oso iba a echar un vistazo de vez en cuando, si caía la tarde y la niña andaba correteando aún con sus amigas por el bosque. La vigilaba desde lejos, sin inmiscuirse, sin dejarse ver.
A solas pasaban muchos ratos. Teodora se dormía en el regazo de Oso. Posaba su orejita en la cicatriz del costado de Oso y podía escuchar con perfección el latido de Oso. Él tenía un corazón grande que latía con una frecuencia muy baja irrigando todo el universo templo del cuerpo de Oso. El sonido era somnífero para Teodora. También, en alguna ocasión, la niña hendía su dedo índice en el escarpado vello del costado de Oso y tocaba el corazón de La Criatura. Cuando Teodora volvía a sacar su dedo a veces tenía algo de sangre. Sangre de Oso. Teodora lamía su dedo. Y Oso emitía un gramido peculiar de somnolencia. Un bostezo ronco y cariñoso. Y a veces se dormían juntos. Era él un generador de calor de tales dimensiones, que la niña, cuando llegaba el invierno, sólo quería irse a dormir con su amigo Oso.
Los padres de Teodora conocían el asunto hasta cierto punto. Mientras -en todo caso- su hija estuviera a salvo comprendían -contradictoriamente y a contracorriente de toda la comarca- que las relaciones humanas no pueden ser descritas, catalogadas ni etiquetadas. Y -a su manera- querían a Oso como a un miembro de la familia. Pese a que Oso nunca pisó la casa de Teodora.
Pero Teodora creció. Teodora floreció. Los suspiros roncos de Oso hacían que el bosque vibrara por la noche, los búhos preferían anidar cerca de la cabaña de Oso, puesto que su ronroneo peculiar les calmaba. Fue entonces cuando -en una ocasión- Teodora quedó atrapada entre las raíces de un árbol milenario mientras andaba recogiendo setas tras dos jornadas de lluvia. Los viejos amigos de Oso, los lobos, llegaron hasta el lugar. Oso tuvo una corazonada unos instantes antes y llegó a tiempo. Batiose una vez más contra ellos. Esta vez, repleto su pecho del amor de Teodora, sólido como una roca, vigoroso y feroz como la vieja criatura con garras que las montañas venían albergando mucho antes que a aquella jauría de lobos, Oso, quitó de en medio uno por uno a aquellas bestias y rescató a Teodora una vez más del peligro. Sana y salva en los brazos de Oso.
Sin embargo, a los padres de Teodora, este hecho les decantó para tomar una decisión que llevaban tiempo cavilando. Era el momento de enviar a Teodora a la ciudad. El colegio del pueblo se quedaba pequeño para la mujercita naciente en Teodora. Las actividades semisalvajes del bosque no eran lugar para una joven deseosa de conocer el mundo e incapaz de someterse a ningún horario que la previniera de los peligros del bosque, mucho menos acostumbrada como estaba a que Oso la protegiera permanentemente.
Teodora recibió la noticia en primer lugar con vacilación y algo de nostalgia. Pero en cuanto empezó a imaginar todo lo que la ciudad podría depararle comenzó a ilusionarse. Fue así, de la misma manera como se habían conocido, sin prisa ni pausa, como tuvieron que separarse. Cuando Teodora le dio la noticia a Oso éste salió corriendo hacia las montañas, a sus escondrijos arbóreos donde siempre aulló a la luna. Emitió los aullidos más tristes y desgarradores del bosque. Lloró las lágrimas de la resina. La de los árboles milenarios. Las lágrimas de la naturaleza, de las aguas manantiales, las lágrimas del abandono, una vez más.
Varios intentos hicieron unos y otros de amainar la situación, de que aquello no tuviera que ser tan duro. Pero después de todo, a parte de la niña, nadie más atendía por la vida de Oso. La mayoría le consideraba un salvaje y casi nadie le hablaba, por no decir nadie. Todos le temían. Oso acabó comprendiendo su destino y facilitó la despedida de la niña. Teodora tenía una vida por delante, más allá del bosque, más allá de los latidos del corazón de Oso. Pese a que nunca le olvidara. Él le animó finalmente a que viajara sin miedo y hasta se mostró tan tranquilo los últimos días que la niña, realmente, acabó por no dudar y por despedirse convencida de que volverían a verse pronto.
No fue así. Los años cambiaron los instintos, los objetivos y las expectativas de Teodora. Ella nunca llegó a pensar que para Oso fuera tan importante su regreso, y hasta pensó que otras personas habrían ayudado en la comarca a Oso. Pero nadie sustituyó a Teodora. Nadie volvió nunca más a abrazar a Oso. Ella se acostumbró a la ciudad y -en todo caso- fueron sus padres los que fueron a visitarla por las fechas naturales.
Años después de que Teodora hubiera abandonado aquellos páramos. Oso se convenció de que ella nunca volvería y de que le había olvidado. Su herida comenzó a sangrar en coágulos densos y resinosos. Y siguió vagando por sus montañas, intentando simular la normalidad quebrantada.
Una noche, Oso se quedó demasiado alto y demasiado lejos, demasiado tarde en la arboleda aullando a la luna. Lo único que calmaba su instinto animal y su nostalgia por los abrazos de Teodora. Y ahora, sí, por fin, hambrientos y cobardes, salvajes y numerosos, le acecharon rodeándole una vez más la jauría de lobos nocturnos.
Oso luchó de nuevo con hombría. Animal. Roca. Lanzó sus zarpazos y sus mordiscos. Eliminó a varios pero vinieron más. Agotado y algo menos en forma que antaño, sin el aliento en su corazón de los besos de Teodora no estuvo atento, un bribón de ojos claros y orejas pardas, un lobo joven y astuto, le alcanzó una garra en su vieja herida a lo que Oso respondió con un puño cerrado y contundente en el hocico del mal nacido que se quedó traspuesto. Sin embargo el zarpazo fue certero, Oso comenzó a sangrar abundantemente en claros caudales rojos. A la luz de la luna parecía un charco negro del color de Oso, del color negro de la noche.
Allí quebrantado, con una pierna arrodillada en el suelo, esperando sin resuello a las fieras, continuó la pelea un rato más, se llevó varios mordiscos mortales más y todavía propinó zarpazos a diestro y siniestro que terminaron con la paciencia de sus enemigos. Viejo y agotado, lo dejaron derrotado. El respeto animal de las bestias del bosque escribía un pacto implícito, un código tácito bajo el que ningún animal devoraría a Oso. Pero la noche del bosque es de los lobos, y éstos no admitían por gobierno el del honesto y peculiar hombre de las montañas. Había llegado su hora.
Abandonado y solitario como había pasado toda su vida. Arrodillado ante un árbol, suspirando y acabando de sangrar sus últimos restos de vida, Oso miró una vez más a la luna, aulló por última vez el nombre de Teodora, y los animales que dormían se despertaron, todos los pájaros salieron generando un revuelo magnífico, las nubes se abrieron para que la luna pudiera alumbrar sin obstáculo las últimas horas de Oso. Toda la comarca se despertó al escuchar el eco de un alarido infinito por los siglos de la vida, por los dueños de la muerte.
El hombre que era una bestia. La bestia que era un tierno niño. El viejo que tenía el corazón a la intemperie. El corazón del bosque. La herida de los lobos. El niño abandonado. La sangre de la luna. El nombre de Teodora.
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Naciste entre algodón. Recibiste grandes cantidades de cariño. Jugábamos con las olas a que no nos cazaban. El mediterráneo es tu nodriza blanca, tu alma dorada. Jugabas con los gatos. Erais los hijos del viento. Las gaviotas de la primavera.Te tragaste toda aquella televisión. Todas aquellas películas. Llegaste a la adolescencia como llega un batallón al frente, dotado de artillería, de caballería. Cabalgando por la pradera para dar muerte al enemigo.
Los años del invierno te depararon el desamor y el desengaño en dosis desconocidas. Tu cuerpo de niño se retorció durante años torturado por las huestes sádicas de lo desconocido. Fuiste extraído de la cuna para ir conociendo la realidad del exterior. El batallón fue masacrado en su primera incursión.
Te alistaste en las verdaderas milicias siendo un joven. Antes y después viviste los amores, harto ya de precicipios. Las mujeres te enseñaron a calzar espuelas, a luchar con armas blancas. Pero nada tenía que ver ya tu vida con la del niño. Te hiciste un hombre. Te jugaste el pellejo. Sacaste una columna vertebral de acero forjado, de hormigón armado. Trabajaste duro. La guerra endurece.
Hoy vas y vienes por las sendas de la colina como un excombatiente invicto, pero no lo eres, no eres ninguna de las dos cosas. Cubierto de cicatrices. En forma todavía. Quieres ser un tipo duro, porque eres un perro viejo. Pero llevas en tu interior el castillo de arena, los besos de Vivien Leigh y de Audrey Hepburn. Llevas en tu mirada la ilusión de las flores, llevas en la sangre los abrazos maternales. Necesitas que te hagan ronronear.
Quieres ser malo. Quieres ser libre. Pero llevas tus propios lastres. Tus propias cadenas. Respira hondo. Todavía no sabes lo que te queda. Tus cicatrices no son indelebles. Las huellas todavía no son hondas. No tienes ni idea. Te crees un experto, pero hasta una niña podría doblegar a la bestia.
Has sobrevivido y contamos contigo. Sigue ahí, no desfallezcas, puede que te quede lo mejor y -en cualquier caso- merecerá la pena acompañarte, merecerá la pena observarte. Recuerda cuando el niño que eras lloraba en las despedidas. Recuerda las canciones que siempre te sacaban las lágrimas a borbotones. Sigues siendo aquel niño, no lo olvides, sigues siendo aquél niño. Aunque no lo parezca, aunque nadie lo crea.
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-Empezaba a echarle de menos.-Por supuesto.
-¿Me deja que le invite, Rick?
-Sí.
-Está serio.
-Estoy un poco molesto contigo.
-¿Por?
-Te has quedado sólo para ti nuestra última conversación.
-No he podido publicar eso, una amiga me recomendó no hacerlo.
-Ya.
-Va en serio.
-Eres un poco oportunista.
-Empiezo a pensar que ya no está usted de mi lado.
-Por esta vez te lo permito, por tu trayectoria, pero que no se repita.
-Bueno.
-¿Qué vas a hacer ahora?
-Estoy pensando en publicar algo de poesía, tengo algo de material.
-Una buena idea.
-No sé, me da un poco de vergüenza.
-Lo dudo.
-Bueno pues de miedo.
-Me extraña.
-Joder.
-¿Y qué hay sobre la música? ¿No te ibas a apuntar a esa academia?
-Ya. Es un fastidio. No hay tiempo nunca para nada.
-¿Me dejas que te dé un consejo?
-Depende.
-¿De qué?
-¿Me voy a sentir mejor escuchándole?
-Olvídalo.
-Tienes un raro concepto de la amistad ¿no crees?
-Es que le tengo un poco de miedo, Rick, tiene usted mucha influencia sobre mí. Venga ¿va ese consejo?
-Apaga todas esas vocecitas que tienes largando en tu interior.
-Pero usted es una de ellas.
-¿Quieres que te sacuda?
-Está bien, intentaré hacerle caso.
-Apuesto por ti.
-Gracias ¿brindamos?
-¿Por?
-Por la libertad.
-La libertad de quién.
-De todos, supongo.
-¿Por la de Vichy también?
-Usted ya me entiende.
-Bien, pues por ÉSA libertad de ÉSOS todos.
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Brevemente. Nocturnamente.Suena blues, qué os voy a contar. Hoy Rick no aparece, el muy cabrón me deja solo. El piano dice que no.
El blues sigue, sigue solo, dura por lo menos ocho minutos, quién sabe si toda la noche.
Los autobuses recogen a sus pasajeros para cambiar de ciudad. Estoy vacío, hoy no tengo elementos, las musas están en el salón en plena orgía. Pero yo estoy aquí dentro, más adentro, mucho más. ¿Llueve? No. Hace una buena noche.
Cuando yo era niño ¡oh! disculpa que me interrumpa, ahora coge ritmo, entra la batería y la trompeta, pero aún es un ritmo lento. Tremendo. Gracias otra vez BB, la noche se viste contigo.
Decía que cuando era niño, la noche para mí era una puerta a la imaginación. Los pijamas y las sábanas eran aliados. Los sonidos de los que están despiertos llegan desde lejos. La televisión se oye, pero no se escucha, desde lejos. Sus luces -cuando ya te estás acostumbrando a la oscuridad- van llegando hasta donde estés a pesar de las distancias, los metros y los pasillos. Con su tintineo misterioso. Con su ir y venir somnífero.
Cuando era niño la noche era una puerta. El día acababa con sueños fantásticos en vigilia, en semivigilia y -por supuesto- en auténticos sueños nocturnos. Hoy la casa está sola. Sólo BB me acompaña, la infusión genera un aroma con nombre de mujer. Los párpados se me cierran, un fin de semana duro ¿no? No, normalito.
Se me cierran los párpados por la dosis de tila que me acabo de inyectar o por haber dormido nueve horas durante las últimas cuarenta y ocho. Da igual, ahora ya da igual. Porque cuando la noche te embriaga el sol se muere de envidia y se tiene que callar con toda su magnificencia. Encadenado. Sin poder hacer nada.
Hoy se ha constatado un hecho. Un hecho grandioso. Un canto a la libertad. Un brindis por el futuro. Hoy es un gran día. Tú lo has hecho posible -colega, mientras pagábamos la cuenta- y no eres consciente. Pero me da igual. Aquí queda este homenaje arrogante -por mi parte- que ya no puede resistirseme la desvergüenza.
Sucumbo como Rodrigo ante las flechas del sueño. El buen Rodrigo. Viajo por Garnulébida unos segundos. Me vence el sueño. Ya no lo soporto. Los recuerdos se me van confundiendo ¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes? No te preocupes. Todo va a salir bien, ya lo verás, al final todo va a salir bien.
Buenas noches cabrones. Ya sé que me echáis de menos. Y estoy aquí. Envejeciéndome de tonto, muriéndome de risa.
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Podían haber sido Arturo, Ginebra y Sir Lancelot Du Lac. Podían, pero fue una historia sólo parecida. El rey de nuestro cuento se llamaba Joaquin y no Arturo. Su reina se llamaba Rebeca y no Ginebra, y nuestro caballero Rodrigo y nunca Lanzarote ni Lancelot.Rodrigo era la mano derecha de Joaquín, o aspiraban a que lo fuera. El Rey Joaquín era fuerte y vigoroso. Era justo, ecuánime, y era joven, cuando tenía tan solo treinta y cuatro años ya era dueño y señor de todas sus tierras y comandante en jefe de sus ejércitos.
Su señora, Doña Rebeca era una esbelta dama, morena agitanada, sus doncellas le cortaban el pelo en dos caídas preciosas de unos bucles azabaches propios de nuestra guerra, de nuestro pasado, de nuestra sangre. Era una pareja idílica con la que el reino entero se identificaba. Él fuerte, ella hermosa, él varonil, ella elegante. Ambos justos, ambos duros como rocas. Rey y Reina. Bellos.
Cuando entró a la corte el buen Rodrigo nunca se pensó que le ocurriría tal cosa. Rodrigo era algo más joven que el Rey, no tan diestro con la lanza pero sí con otras artes. Rodrigo era emblemático pero controvertido, circunspecto pero de pasados ocultos. Rodrigo era zalamero con las cortesanas y educado con sus majestades.
Contrajo con la pareja, el buen Rodrigo, una relación cordial de confianza. Y como no podía ser de otra manera, el pobre Rodrigo se enamoró sin condición ni vuelta atrás de la bella Reina Rebeca. Muchas eran las ocasiones en las que se encargaba al desdichado de Rodrigo escoltarla en unos viajes y otros.
La reina Rebeca confiaba en Rodrigo tanto como en un buen amigo de su señor, el Rey Joaquín. Tan sólo en alguna ocasión se atrevió Rodrigo a manifestar una alabanza denodada por su reina, y Rebeca siempre la tomó como galantería y con sentido del humor. Y siempre fue fiel y leal a su rey, el Gran Joaquín.
Por eso tuvo que ser tan triste la historia para el maldito Rodrigo. Enamorado de su reina, admirador de su rey. Soñando con lo imposible, llorando por lo inconquistable, sangrando sin cesar por la belleza pura de su reina. La más alta, la mejor vestida, la de más colorido, la más honesta, la más lista, la más buena, la mejor mujer, la única mujer para Rodrigo. Pobre Rodrigo.
De su parte el buen caballero fue leal a su señor y a su señora. Intentó olvidar su amor sumiéndose en las noches entre juglares y trovadores. Pero fue completamente inútil y sólo le hizo sentirse desdichado y pecador. Infiel a su reina a la que amaba. Triste Rodrigo, taciturno, envejecido prematuro, carcomido Rodrigo, maldito necio, malgastador de su vida, Rodrigo, el buen Rodrigo, el valiente y leal.
Y así duraron los meses y los años. Las peregrinaciones de Rodrigo y sus ausencias no pudieron burlar al aparato de la corte. Sus responsabilidades le obligaban a ver cada día la belleza de Rebeca y la merecida corona de Joaquín. Siempre bellos. El corazón de Rodrigo moría. Se moría Rodrigo.
A la edad de cuarenta y dos años, tras haber profesado un amor platónico durante los últimos diecisisete años, en la batalla que fue bautizada por los historiadores como la Guerra del Plenilunio, los caballeros de Joaquín se vieron en serios apuros:
El frente les ganaba terreno, el cuerpo a cuerpo se estrechaba, el enemigo daba caza uno por uno a los hombres de Joaquín, y los refuerzos cabalgaban en el horizonte demorándose lo indemorable, tardando mucho más de la cuenta.
Y así fue como llegó hasta el punto límite nuestro cuento, en el que el valiente Rey Joaquín se vió protegido por sólo unos pocos hombres, combatiendo junto a ellos, codo con codo, resistiendo hasta el final.
Y el final quiso escribir que, al ver a los arqueros del enemigo dispuestos a una distancia exageradamente próxima, y faltando todavía demasiado para alcanzarles los refuerzos, el increíble Rodrigo, puso su cuerpo delante del de su rey, como tampoco podía ser de otra manera.
Alcanzáronle a Rodrigo dos flechas y un hacha arrojadiza que lo dejaron deshauciado ante la guadaña de La Muerte. Salvó la vida de su rey y los refuerzos llegaron a caballo a tiempo de arrasar con todo lo que allí intentaba envenenadamente asesinar al jefe del reino, al buen Joaquín, a su majestad noble y gallarda.
En brazos de su rey, escupiendo su propia sangre, con su belleza rota como la de un árbol quebrado y caído, Rodrigo miraba a Joaquín con la ternura con la que un hijo mira a su padre.
-¿Por qué lo hiciste de tal manera, desdichado? Vos hubieras aguantado con una de las flechas y yo con otra, y bien podríamos haber compartido el otro mandoble.
-Perdonad si he entregado mi vida precipitadamente para salvar la vuestra, mi rey, vos no lo sabéis...
-Sí que lo sé, amigo, no lo digáis...
-Necesito decirlo, Joaquín, yo amo a Rebeca como no he amado nunca a otra mujer, ella os ama a vos, ése es mi destino y mi maldición, y yo he de arrear con ella como otros han de arrear con peores... Pero lo que nunca podría permitirme a mí mismo, es ver que la persona a la que más ama su majestad, que sois vos, queda expuesta a la muerte ni aún a sus riesgos. Lo hice por ella, Joaquín, porque la amo. Y deseo su felicidad y que os vea regresar victorioso.
Con estas palabras tan nobles, sucumbió Rodrigo, dejando con su reguero de sangre enclavado en el tuétano de la planicie el orgullo de su reino, la raza de su patria. El alarido que profirió Joaquín al escuchar a su amigo morir de esta manera fue tan sórdido y terrible que los clérigos tuvieron que taparse los oídos y los ciervos del bosque huyeron en estampida.
El rey contó esta historia cierto tiempo después a su reina, que derramó las lágrimas de la mujer. Las lágrimas de la madre, las lágrimas de la sangre.
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