En el sur de levante, donde el poniente deja los secanos humeando en agosto, en una carretera comarcal, la furgoneta que -unos días antes- Luc se había agenciado, gracias a cierto contrabando, quedó con un neumático completamente reventado.El calor era infernal. El asfalto parecía una sartén. No había ni un alma. Luc estaba apoyado en la parte de detrás, con las puertas abiertas, pisando el suelo de la cuneta, bajo la poca sombra que se dejaba aprovechar.
Un niño iba caminando por el arcén. Cuando llegó a la altura de Luc se le quedó mirando.
-Hola.
-Hola.
-¿Cómo te llamas?
-Mario.
-¿A dónde vas Mario?
-A casa.
Luc le ofreció agua de una especie de cantimplora, pero el niño tenía por instrucción de su madre no aceptar nada de ningún extraño.
-¿Qué hace aquí?
-Mi vehículo está indispuesto. Mi compadre viene con unos quince minutos de retraso. Él me ayudará y nos pondremos en marcha.
-¿A dónde va?
-Tengo que llevar esto lejos... muy lejos.
-¿El qué?
-Todas estas cosas que traigo aquí, las hemos traído en un barco desde otro sitio que está todavía más lejos de donde voy. Atracamos en un puerto que está a unos cien kilómetros al este.
-¿Tan lejos?
-Ya lo creo.
-¿Y ha hecho todo el camino en ese coche?
-Bueno, sí -Luc sonrió.
Un motorista pasó de largo mirándolos. Luc se le quedó mirando también. Luego se fijó en el niño.
-¿Qué llevas ahí muchacho?
-Un requinto.
-¿De veras?
-Yo quería tocar el piano pero mi madre dijo que un piano no podíamos comprarlo.
-¿Y una guitarra?
-Mi padre no quiso guitarra.
-¿Por qué?
Mario se encogió de hombros.
-La señorita dijo que el clarinete es muy típico y que casi no quedan solistas de requinto.
-Muy sabia. Bien pensado. Así que estudias música...
-Sí. Pero me van a quitar.
-¿Por qué?
-Dice la maestra de canto que soy muy desentonado y que si no sé solfear las canciones nunca podré hacer nada en la música.
-Tu maestra de canto es una bruja ¿lo sabes?
-Mi madre dice que con los libros del colegio ya tiene bastante y que para gastos estamos.
-Dile a tu madre que el niño que estudia música siempre es especial, que te lo ha dicho un señor que te has encontrado, dile "un señor que viaja mucho".
-Bueno.
El niño no parecía decidirse a marcharse ahora que la cosa empezaba a ponerse interesante. Luc revolvió entre las cajas dentro de su furgoneta. Encontró una llave pequeña, con ella abrió un pequeño arcon del que parecía que fuera a sacar una botella de vino. Un arcón de madera pequeño.
El niño le miraba atónito. Luc abrió el arcón y sacó un pequeño envoltorio de trapo. Lo fue desenvolviendo y apareció una pequeña pieza de plata.
-¿Sabes lo que es esto?
-Sí, mi profesora tiene uno igual. Es una dia... ¡diadema!
-¡Casi! ¡Un diapasón! ¿Sabes para que sirve?
-Eso, diapasón. Da el tono de La de la clave de Sol.
-Yo no lo hubiera explicado mejor. Pero fíjate, este es diferente.
-Sí, tiene este disco.
La pieza estaba formada por un disco circular perfecto que tenía atado, por una muesca superior y dos inferiores, un diapasón dos veces menor a los convencionales que ocupaba uno de los diámetros del disco. Estaba tensado fuertemente. En la parte superior del disco, por donde estaba atado el extremo simple del diapasón, se extendía un cordón de diez centímeros. El disco estaba marcado con unas inscripciones.
-Encontré esto en unas excavaciones al sur de Hapur, cerca de Nueva Delhi, en la India. Observa.
Luc pendió el artefacto del cordel y lo hizo balancear, lo golpeó con la otra mano y resonó una nota. Mario se quedó boquiabierto como si hubiera visto bajar del cielo un séquito de ángeles.
-¿Qué nota es?
-La.
-Muy bien, ahora observa.
Luc deslizó el cordel y lo dispuso en una de las marcas del círculo, quedando el diapasón caso en horizontal. Volvió a balancearlo y lo golpeó.
-¿Y ésta?
-Parece un Re.
-No está mal. Está claro que tu maestra se equivoca.
-Yo sé reconocer las notas pero cuando me toca cantar a veces me confundo, me pongo nervioso.
-Toma, te lo regalo.
El niño abrió los ojos, la boca y hasta se le movieron las orejitas hacia atrás.
-Puedes quedártelo, pero no le digas nunca a nadie para qué sirve. Es un objeto mágico y si alguien te lo viera te lo querría quitar ¿lo entiendes?
-Sí.
-Toma, llévalo en su cajita y no lo pierdas. Con él ya no desentonarás.
-Gracias.
El niño se despidió con la mano y se fue contento como nunca. A los pocos metros volvió sobre sus propios pasos.
-¿Cómo se llama usted?
-Me llamo Lucio Cortés, pero todos me llaman Luc. Si un día creces y no tienes trabajo, búscame.
-¿Cómo le encontraré?
-Pregunta por mí en México. Hay un pueblo llamado El Fronterizo, allí te ayudarán a encontrarme y si no pueden di que me andas buscando ¿te acordarás?
El niño frunció en entrecejo, repitió el nombre del pueblo y se acercó a Luc para darle un beso. Luc sonrió.
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-Bueno Rick, esto es el fin.-¿A qué te refieres?
-Oye, hay algo de lo que quiero que me hable...
-No.
-¡Pero si aún no sabe lo que quiero preguntarle!
-Mejor para mí.
-Escuche Rick, aquella noche, cuando el avión despegaba...
-¡Demonios chico! No voy a hablar de eso.
-Rick.
-No insistas.
-Resulta que yo, bueno, creo que ahora mismo voy a estar en una situación digamos... bastante parecida.
-Ni de lejos.
-Bueno, salvando las distancias.
-Ni de lejos muchacho, estás más tonto de lo que pensaba.
-¡Pero Rick!
-¡He dicho que no!
-Sólo quiero que me lo cuente, que me explique algunas cosas, me ayudará, creo.
-¿Eso es lo que querías decir con que esto es el fin?
-Sí. Mi avión está a punto de despegar, y yo no voy a subir, me quedaré entre la niebla.
-Búscate alguien con quien beber.
-No bebo.
-Pues búscate alguien con quien hablar.
-Qué duro es usted.
-Claro chico, yo soy el auténtico Rick Blaine ¿qué esperabas?
-Un poco de ayuda, la verdad.
-Te estoy ayudando, aunque no te das cuenta.
-Pero, es triste ¿verdad?
-Triste es un adjetivo que hace perder el tiempo al que lo pone y al que lo escucha. La vida es lo que es, si fuera otra sería diferente. Ya sabes que estuve en tu país en el 36.
-Sí Rick, y siempre le admiraré por ello, mis abuelos también estuvieron en el frente.
-Yo vi morir chicos mucho más jóvenes que tú que tenían las balas contadas para defenderse.
-Sí, al padre de mi padre le daban cuatro, en el frente de Guadalajara.
-Era trágico y al tiempo heróico. Todos volverían a morir si se repitiera la oportunidad, tú lo harías si pudieras, si hubieras vivido aquello.
-Supongo que sí.
-Triste es un adjetivo que no aporta información.
-Debería haber otra palabra que pudiera describir la grandeza de las cosas, la belleza compleja y densa que encierra nuestra vida.
-El hecho de que no la haya actúa a favor de estas reflexiones.
-Realmente es usted de gran ayuda, Rick.
-Gracias.
-Pero bueno, de todas maneras, los portugueses tienen una palabra que me gusta mucho utilizar, dicen que no tiene traducción pero yo creo que se aproxima bastante a lo que estamos diciendo.
-Saudades.
-¡Ésa!
-Sí, es bonita, es un país magnífico.
-Sí ¿verdad? Las saudades, mis saudades, es así, es así como yo lo siento, una sensación extraña de nostalgia de lo bello, eso es lo que zarpa en el avión.
-Y no volverá.
-No, no volverá.
-Es hora de cruzar la niebla, chico.
-De acuerdo Rick, crucémosla de una vez.
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IEn el Reino de la Desdicha se condenaba a los presos a naufragar. Constaba dicho reino de un archipiélago tropical de islas infinitesimales repartidas por el Océano de la Perdición.
Cada preso era enviado a una isla por un tiempo a veces indeterminado, a veces correspondiente a su pena. Había un solo encargado de custodiar los presos, un viejo atribulado que iba con un pequeño velero navegando por las islas. El único trabajo del reo era mantener ondeando en la costa la bandera del reino. El viejo carcelero navegaba mirando con su catalejo las costas. En caso de no ondear la bandera debía tomar tierra y buscar al reo. Si había muerto debía llevárselo, otro preso podría ser enviado a la isla, si no había muerto, el castigo por no guardar la bandera era el naufragio a la deriva, mar adentro. Un castigo que nunca había supuesto otra cosa que la muerte.
II
Una mañana el celador de los náufragos recibió un bando de su superior, debía liberar a uno de los presos, había sido indultado. Estaba recluido en la isla Reina Guadalupe. Solamente se le dijo eso, por su cumpleaños el preso sería indultado.
El viejo lobo izó las velas y aprovechó el viento de las primeras gaviotas. Manejando el timón, surcando las olas, cantaba una canción, una canción sobre una mujer.
Llegó a Reina Guadalupe cuando el sol estaba en lo más alto. Buena hora. Echó el ancla de Fortunata y saltó a la playa, hacía un día inmejorable. Anduvo por la costa un buen rato, lo que tarda un gato en acicalarse cuando está ocioso. Se adentró en unas dunas. Halló a un joven de estatura media, bien parecido, rubicundo con una preciosa cabellera, algo imberbe.
-Hola. Soy Duero -le dijo.
El joven preso se sentó mirando a lontananza.
-¡Hola! -repitió.
El viejo celador, Duero, chasqueó los dedos frente a la mirada impasible del reo inamovible.
-Le he oído ¿qué haces aquí?
-Soy el celador de las islas. Vengo en nombre de su Majestad...
-¿Ha venido a matarme?
-No. He venido a liberarte.
El joven le miró, sus ojos reflejaban el brillo de cuarzo de las lágrimas.
-¿Cómo te llamas?
-Yunque.
-¿Qué nombre es ése?
-Es un apodo, no recuerdo mi nombre verdadero, desde que tuve un accidente en la bahía norte, intentando pescar un calamar.
-¿Te golpeaste?
-No, no exactamente.
-Vamos Yunque. Ya no hace falta que cumplas más con tu pena. Ahora puedes salir. Ven, te llevaré.
-Yo no quiero ir con vos.
-¿Le cogiste cariño a la isla?
-No se puede coger cariño a algo que te arrebata todo lo demás.
-¿Entonces?
Yunque se quedó mirando al horizonte otra vez.
-Bueno -dijo Duero- el caso es que no puedes quedarte, otro preso será enviado aquí, no puedo dejarte.
-Tendrá que llevarme por la fuerza, viejo, no le pienso obedecer.
El viejo Duero sacó de su zurrón una vieja trabucada y le insufló una carga de pólvora. Apuntó a Yunque.
-Vamos, no me hagas usar esto, yo soy aquí la autoridad.
-¿Va a matarme?
-No quisiera tener que dispararte, pero tienes que venir conmigo, si no lo haces por ti, hazlo por mí. Me meterías en un problema si no salieras de aquí como se me ha encomendado.
III
Duero acompañó a Yunque a un pequeño fuerte que hacía años se había construido. Recogió algunas pertenencias. Fueron de nuevo hasta la playa y embarcaron en Fortunata.
Después no tuvo problemas en aprovechar -esta vez- las corrientes naturales de resaca que bordeaban el sur del archipiélago para regresar al puerto de Santa Isabel. Arrió las velas y encendió su pipa. Le prestó a Yunque un pantalón fino de tela y una camisa manchada de cal. Yunque no se la llegó a abrochar. Miraba el salto de los delfines a la par de Fortunata, a un tiro de piedra. La brisa de alta mar lo peinaba formidablemente. El sol les concedía clemencia por momentos.
-¿Cuánto tiempo llevabas allí?
-No lo sé.
-¿Cuánto crees?
-No lo sé.
-¿Cuanto dirías?
-Mucho. Una eternidad.
-Según esto sí, en efecto, una eternidad. Llevas exactamente unos diez años en esa isla. Tu cumpleaños se acerca. Han aprovechado esa excusa para indultarte. ¿Qué hiciste?
-Robaba en una casa y me sorprendieron.
-¿Y por eso te enviaron a Reina Guadalupe?
-Es una isla muy pequeña, no sé por qué le pusieron el nombre de una reina.
-Yo no recuerdo a ninguna reina llamada Guadalupe.
Duero ofreció su pipa a Yunque, este dio una calada pero no puso buen gesto.
-En realidad, era la casa del regente.
-¿Y cómo es que te hayan liberado?
-No creo que ese hombre viviera demasiado, ya era un viejo cuando a mí me enviaron a la isla. Habrá muerto.
-Nadie vela ya por las venganzas ajenas ¿eh?
-¿De qué parte está usted?
Esta última frase Yunque la dijo frunciendo el entrecejo y mirando por primera vez a los ojos a Duero.
IV
-¿Por qué no querías venir conmigo?
-Sigo sin querer, yo no quiero ir a ninguna parte.
-¿Ni a tu isla?
-Es una prisión.
-Pues ¿entonces?
-Me amputaron la vida, la tengo por demás.
-Pero ahora eres libre, ahora puedes ir donde quieras.
-¿Libre? Libre dice. Qué sabrá usted.
-Yo sé, sé lo que es la libertad.
-Yo tenía veintitrés años cuando me apresaron, era un joven bohemio y enamoradizo. Mi único crimen fue desprenderme de todo. Me apresaron por vago. Me enviaron a una isla minúscula perdida en el océano a desentrañar las estrellas.
-Diez años.
-Diez años. Ahora hablo con alguien por primera vez, pero mi vida corrió.
-Aún eres joven. Eres muy joven. Puedes tener lo que quieras.
-Yo no quiero nada. Sólo quiero que me dejen en paz.
-Pero tienes que vivir.
-Volverán a enviarme a una isla.
V
-¿Había una mujer?
-Ya lo creo.
-¿Hermosa?
-¿Ve aquellos arrecifes?
-Sí.
-¿Tengo que explicárselo?
-No hace falta, lo entiendo ¿y qué ocurrió?
-Qué se yo, han pasado diez años, ella no era criolla, habrá vuelto a su tierra, o quizá a Cádiz o a La Habana.
-¿Vas a buscarla?
-Han pasado diez años, viejo, está usted más loco que yo.
-Sí.
-¿Sí?
-Bueno, yo esperé más de diez años a una mujer.
-Embustero.
-Como tú digas, Yunque, como tú digas.
VI
-Fíjate ¿ves aquello? -señaló Duero.
-Sí.
-Puede que sea una orca.
-En estas aguas... lo dudo.
-Es una ballena, eso seguro.
-Parece muy entendido.
-Antes de gobernar este pequeño velero trabajé dieciocho años en un ballenero.
-¿De verás?
-Sí, este viejo ha estado más tiempo en alta mar que en tierra firme.
-Vuestra vida no es tan diferente a la mía, yo al menos tenía espacio para mí.
-Pero yo viajé... Estuve en las indias y en el Cabo de Buena Esperanza...
-¿Cómo son las Indias?
-Me parece que ese cuento chino de que no quieres ser libre se te está acabando.
-¿Qué voy a hacer yo? ¿A dónde iré?
-Bueno, por de pronto debes buscar trabajo y alojamiento, eso no te será difícil en Santa Isabel, he oído que buscan peones en el astillero.
-No quiero trabajar.
-Pero debes buscar un sitio donde dormir.
-He dormido a la intemperie diez años.
-El clima de Santa Isabel no es como el de estas islas, en invierno eso no es posible.
-Aún queda...
-No tanto.
VII
-¿Queda mucho para Santa Isabel?
-Bueno, primero vamos a Porto Novo. Allí te darán unos documentos y una bonificación de libertad.
-¿Bonificación de libertad?
-Sí, te servirá para cambiarlo por algo de comida en el puerto de Santa Isabel, yo te indicaré dónde.
-¿Hasta cuándo?
-Bueno, durante una semana.
VIII
Porto Novo era la parte sur del delta, seguía desde hacía siete años bajo mandato portugués. La administración la llevaban los jesuitas del monasterio de San Lucas. El camino por el delta era impracticable, mar adentro se ensanchaba. En la práctica funcionaba como una extensión del puerto de Santa Isabel, al extremo norte del golfo, a pesar de la distancia, sólo accesible por mar.
Se trataba de un sitio tranquilo y prácticamente deshabitado. Unos pocos edificios administrativos y alguna adhesión portuaria conformaban la totalidad de las instalaciones civiles. En la parte este habitaban las hermanas de la ermita de Fray Jerónimo de Cuba, fundador de Porto Novo e ideólogo de su peculiar sistema de autoabastecimiento.
Las hermanas cumplían voto de silencio y gobernaban el único faro de Santa Isabel. Duero dejó a Yunque en manos de las autoridades aduaneras y zarpó otra vez, su jornada no había terminado.
Yunque se pasó en las dependencias de Porto Novo hasta llegada la tarde. Se quedó dormido.
Al llegar Duero, casi caído el sol por completo, le preguntó a uno de los guardias.
-¿Qué tal el reo?
-No ha dicho una palabra.
-¿Ha comido?
-A penas.
-¿Y qué ha hecho?
-Está detrás, durmiendo.
IX
-Ya estoy aquí -dijo Duero, despertando al reo liberado.
Yunque no respondió.
-¡Venga! En marcha. El futuro empieza mañana. Yo ya he terminado, ahora vamos a Santa Isabel, te diré dónde dormir hoy y dónde podrás comer.
Yunque se levantó, ambos subieron a Fortunata.
-Buena siesta ¿eh?
-No he conseguido pegar ojo, ese maldito perro no ha dejado de ladrar.
-Eres un incordio, siempre quejándote.
-No quiero molestarle.
-Sí, no quieres hacer nada. No quieres trabajar, ni dormir, ni comer, ni vivir, ni morir ¡es el colmo!
-Lo que yo quería quedó sepultado bajo la ignominia ¿qué puedo hacer ya?
-¡Puedes hacer lo que quieras! Ahora eres libre ¡tengo que repetírtelo!
-Se le pone poco contrapeso hoy día a la báscula de la libertad.
-Demonio de chico.
-Demonio de vida.
Duero cogió a Yunque de las solapas, la pequeña nave cogía ya buena corriente e iba a buena velocidad.
-¡Estamos bastante lejos de todo! ¿No crees? -Duero puso a Yunque sobre el trancanil de cubierta y le sacó medio costado de la embarcación.
-¿Qué hace?
-¡Debería soltarte! ¿No crees? El sol está a punto de ponerse, no aguantarías ni lo que yo tardara en arribar a Santa Isabel, serás pasto de los tiburones, ahora ya no me supone ningún problema la burocracia.
-Hazlo, empújeme.
-¡Eres libre!
-¡No quiero mi libertad! ¿es que no lo ha entendido?
-Pero la libertad es como la propia vida -farfulló Duero confuso y medio lloroso.
-¡Yo no la quiero! ¡No quiero nada! ¿Se entera de una vez? ¡Viejo loco!
X
Duero dejó a Yunque y volvió al timón. El resto del viaje lo pasaron en silencio. Duero cantaba una canción que solía cantar al atardecer, un viejo romance, una canción muy antigua que le había enseñado su abuelo.
Cuando llegaron a Santa Isabel era de noche. No había un alma. Duero acompañó a Yunque al hostal convenido. Al despedirse, Yunque le dio la mano.
-Le agradezco todo lo que ha hecho por mí, amigo, y todo lo que ha intentado hacer, lo siento.
-Mañana vendré a despertarte, puedes acompañarme al puerto si lo deseas, aunque mañana es festivo debo hacer una ronda breve.
Esa noche, Yunque soñó que estaba en la isla, en su vieja isla prisión. La marea subía y todo quedaba anegado. Se despertó excitado justo cuando estaba a punto de ahogarse en sueños.
Madrugador como de costumbre, Duero llegó al hostal comiendo de un saquito de frutos secos y con algo de agua para el durmiente. Yunque estaba remoloneando en el pequeño catre.
-Vístete gandul, quiero que veas algo.
-¿El qué?
-Tú vístete.
Salieron por la puerta que daba al refectorio. Yunque consiguió que el ama del hostal le prestara unas sandalias de esparto y otra camisa, más blanca y menos sucia. Aunque Yunque tampoco se la abrochó.
-Gracias señora -dijo Duero.
-La próxima vez que me envíes un joven así, no me hagas vestirlo.
Yunque no entendió, pero Duero le lanzó una almendra a la buena señora y le guiñó un ojo. El ama rió de buena gana.
XI
-¿Adónde vamos?
-A ningún sitio en particular, vamos al puerto, me ayudas con algunos bultos, si eres tan amable y te indico dónde comer.
-De acuerdo, veo que aún tienes esperanzas conmigo.
-No en ti, no en ti exactamente.
Por la modesta calle del hostal fueron bajando hacia el puerto callejeando por las cuestas. De pronto se abrió ante los ojos de Yunque un panorama nuevo. El puerto estaba abarrotado. El sol iluminaba a lo lejos la Iglesia Blanca de Santa Isabel. Un edificio grande de cal, con una arquitectura peculiar adornado de santos pintados con colores de sol y de fuego.
Fueron caminando al borde de los puestos. El mercado ambulante se iba ampliando conforme se acercaban a la lonja.
En una de las paradas un indio acompañaba con una mandolina a un mulato tremebundo que soplaba una flauta de madera alargada. A su lado, varios perros se perseguían mutuamente orquestados por una horda de niños semidesnudos, mitad mestizos mitad negruzcos.
Duero compró un collar de especies a una anciana y se lo colgó a Yunque.
-Qué bien huele -sonrió el chico.
-¿Todavía no te atreves a sonreír? -dijo Duero.
-¿Esto está así siempre?
-Bueno, no siempre, pero no es difícil ver este espectáculo en Santa Isabel, por lo menos una vez al mes. Y no han llegado todavía las Ferias de San Dionisio.
Yunque miraba cada cosa como si una mano divina acabara de depositarla allí.
-Cuando yo era joven los puertos no eran así.
-Joven eres ahora, querrás decir cuando eras un niño. Y sí que había puertos así, pero no llegaste a verlos.
-No tan grandes, nunca con tanta gente.
-Ya lo creo. Deberías ir a La Habana.
-Ya me han hablado de eso.
Duero se paró en otro puesto. Cedió su turno amablemente a una mujer.
-¿No tienes prisa?
-Aún quiero que veas otra cosa.
-De entre los biombos del mercadillo, salió una muchacha con un fardo. Morena, mestiza, con los ojos del color de la luna. Con la piel del color de la resina. Llevaba una falda blanca y una blusa que no podía ocultar nada ni aunque hubiera estado tejida de puro mimbre. Andaba descalza.
Yunque se quedó mirándola como el felino que divisa un movimiento en la maleza. Duero no dejó de observar a Yunque. La india del mercado estuvo ordenando varios cestos hasta que en un momento dado se incorporó.
-¿Desean algo?
Duero le dio una moneda y dijo:
-Dele al joven una de ésas, una que esté madura.
La muchacha eligió una pieza de fruta para Yunque. Mientras Duero iba marchando a otro puesto mirándolos de soslayo.
-¿Vamos chico? ¡No te retrases! -dijo Duero.
-Con lo que me habéis dado sobra -dijo ella- podéis coger algo más o esperad a que os dé la vuelta.
Yunque se quedó mirándola, un mechón de su cabello pareció querer aparecer en escena. Luego sonrió y dijo.
-No importa. Así está bien.
-Gracias -dijo la muchacha sonriendo.
Yunque tardó en volver a aterrizar a este mundo. Después buscó a Duero mientras mordía la fruta.
-¿Qué era todo aquello que decías ayer sobre la libertad, chico?
Yunque sonrió, dio otro bocado y rodeó con su brazo la espalda del viejo.
Caminaron unos pasos así encaminándose hacia la lonja.
-Tienes una bonita sonrisa, chico, una sonrisa muy bonita.
-Gracias Duero, usted tiene un corazón verdaderamente florido.
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El muelle estaba abarrotado. Las gaviotas comenzaban a anunciar la puesta de sol pero éste se mantenía rojizo en el horizonte. Las sombrillas de propaganda no le restaban ocasión al relax de su postura. El vendedor de helados servía dos cucuruchos a unas colegialas.Sentado, leyendo, miraba el reloj. Otros grupos estaban sentados en mesas colindantes. Riendo. Conversando. Un top-manta pasó con los últimos éxitos del mercado. Le compró un disco que casi había olvidado. Sonrió, le dio un billete de cinco y le pidió también una pulsera. Pero la pulsera no se ataba bien.
Apareció ella por fin. Cruzaba el atolón casi atropellada por un ciclista ¿de veras quieres que hable del vestido? Lo siento, no lo voy a hacer.
-Siento el retraso -dijo sentándose- esto está en el fin del mundo, he tardado una eternidad en aparcar.
Él simplemente la miraba. Sin decir nada. A veces es difícil decir algo adecuado, algo a la altura, algo con sentido. A veces los sentidos te colapsan y no eres capaz de mediar palabra.
-Un sitio magnífico ¿lo conocías?
-No, pero me habían hablado de él.
Se sentaron, él había pedido pero ella llamó al camarero. Lo mismo, le dijo, sírvame lo mismo que a él. Se miraron por un segundo, simplemente.
-Hola -dijo frunciendo el entrecejo.
-Hola -rió.
-¿Estás tranquila?
-Sí.
-¿Puedo comprobarlo?
-Estoy tranquila ¿y tú?
-Sólo intentando creerme que esto no es sólo un sueño, que esto no es sólo un texto más que escribí antes del olvido o que escribiré después de la tormenta, que esto es real, que esto está ocurriendo. Sólo intentando relajarme y comprender que, en realidad, después de todo, estos somos nosotros.
-Exagerado.
-Ya me conoces.
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-Hoy estoy muy contento, Rick.-¿Por qué?
-Me acaban de dar dos malas noticias.
-¿Y por qué estás contento?
-Por esas dos noticias, básicamente, bueno es un poco complicado de explicar.
-Lo supongo ¿qué tal está Pedrito?
-¿Quién?
-No te habrás olvidado de él.
-Ah, no, no se preocupe. Le puse comida ayer y le limpié la jaula, cada vez nos entendemos mejor.
-Lo celebro.
-Me han dicho hoy algo que me ha hecho pensar.
-Vaya novedad.
-¿Por qué cree que los hombres nos permitimos a veces levantarle la voz a una mujer?
-Ellas también lo hacen. A veces le sacan a uno de sus casillas, supongo.
-Sí pero hay una barrera física ¿no cree?
-Desde luego.
-No está bien. Ellas no suponen una amenaza para nosotros con respecto a la integridad física.
-Bueno, tengo que confesar que en una ocasión me peleé con una mujer.
-¿Sí? ¿A puñetazos?
-Sí, y ganó ella.
-¿En serio?
-No, pero ¿a que podría ser?
-Da igual si alguna mujer pueda vapulear a tortazos a un hombre, normalmente eso no es así. Si nosotros gritamos, levantamos la voz o golpeamos algo, posiblemente ella pase miedo.
-Sí.
-Y es una manera como cualquier otra de someter al otro.
-Ya lo creo.
-Joder, me estoy empezando a sentir culpable, Rick.
-¿Por qué?
-Creo que he perdido los estribos demasiadas veces.
-Pide perdón.
-Eso no soluciona nada. Es que hay cosas que simplemente no hay que hacer, no vale luego andar pidiendo disculpas.
-Relájate chico, ella lo comprenderá, todos sabemos que si alguien nos grita no es por gusto.
-Bueno, está mal, está feo, está muy feo. Es como gritarle a una madre.
-Sí, está feo.
-¿Podemos brindar?
-¿Por qué esta vez?
-Por la sensibilidad femenina. Por ese hilo del arco del violín ¿sabe de qué están hechas?
-¿Las mujeres?
-No los...
-¿Los violines?
-No exactamente, las cuerdas del arco con el que el violinista raspa el violín.
-¿De qué?
-De crin de caballo. Las buenas están hechas de crin de caballo ¿no le parece increíble?
-Sí.
-Creo que el corazón de la mujer suele estar trenzado con ese tipo de fibra.
-¡Eres un poeta!
-No Rick, sólo un feriante, recuérdelo.
-Brindemos chico, por las crines de las mujeres.
-No, de caballo.
-Bueno, tú brinda por lo que quieras, yo brindo por las crines de las mujeres.
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